martes 26 de febrero de 2008

España, sin sentido del humor

Si nos diésemos un largo paseo por la Europa más septentrional y preguntásemos entre daneses, noruegos y suecos qué es lo primero que les viene a la cabeza cuando les hablamos de España, lo más probable es que muchos de ellos nos remitiesen al sol, los toros, las fiestas y lo bien que se lo pasan entre nosotros. Por deducción uno llega a pensar que somos tipos con sentido del humor y que hacemos de la alegría que reclaman para sí los artistas de lo oficial nuestra guía de conducta. Pero lo cierto, a la vista de los acontecimientos, es que si en algún momento hemos gozado de sentido del humor lo hemos perdido.

A lo largo de esta legislatura que se acaba, PSOE, PP y otros ni supieron, ni quisieron buscar los vientos más favorables que les llevasen hacia aguas más tranquilas, alejadas de las difíciles condiciones que para la convivencia creó la fatídica fecha del 11-M, que a escasas horas de la cita electoral del año 2004 marcó el inicio de un mandato que obligaba a quien durmiese en Moncloa a recomponer consensos y tender puentes, más necesarios que nunca tras la transición, para devolver el sosiego y la tranquilidad al tejido social de una ciudadanía que sólo esperaba, tras el «shock» sufrido, un poco de alivio en unos representantes políticos que no han estado desde entonces a la altura de las circunstancias y que, obedeciendo a intereses partidistas, ejercieron como correas de transmisión de postulados colocados entre las teorías conspirativas y la tajada política, contribuyendo a que se fueran alejando de las posturas más moderadas y racionales que el momento exigía.

Pasaron los días llevándose por delante meses y años del calendario, y lejos de haber encontrado fórmulas para el acercamiento entre los líderes de los principales partidos, aunque unos canten a la alegría y otros opinen que se lo pasan bien de gira electoral, el sentido del humor se agota empujado por la campaña electoral y un empate técnico, según las encuestas, que pondrá de los nervios al más templado.

Y mientras en el ruedo político la faena se ejecuta a cara de perro, en otros ámbitos las cosas no parecen ir a mejor, más bien al contrario. La Universidad, quién lo diría, ha sido escenario estos días de lamentables sucesos en los que quienes reclaman derechos a diario (autodeterminación, independencia, libertad de expresión, etcétera) se han comportado como lo que son, matarifes de los derechos ajenos. La mala leche de unos cuantos, la que hasta hoy sólo exhibían con descaro los simpatizantes y sucesivos portavoces del fanatismo euskaldún, se ha transformado en la chispa que recorre el cabreo nacional como un reguero de pólvora. Tres mujeres, defensoras del Estado constitucional todas ellas, han sido atacadas por recuas de fascistas cuya única capacidad para la acción política es la agresión de quien no piensa, afortunadamente, como ellos. Odian lo que no entienden, ése es el drama. Aquello que sus obtusas mentes no llegan a entender se convierte en el objeto de sus iras irracionales.

Rosa Díez, líder de Unión Progreso y Democracia (UPyD), no fue atacada en Galicia ni en Cataluña, donde la escuela de odio nacionalista lleva años licenciando generaciones perdidas, lo fue en Madrid, en la Universidad Complutense, por jóvenes no sé si universitarios o no. Rosa, como María San Gil y Dolores Nadal, fue víctima de un suceso cuyos detalles son sobradamente conocidos, pero que resultan de algo más profundo. El que la histeria colectiva de grupos radicales y antisistema se desate aquí y allá no es más que el vértice de una pirámide de despropósitos que vive la política nacional, haciendo de cada anécdota un problema político de mayor calado. Arma con la que culpabilizar al adversario, mientras urgen reformas de base. Recomponer lo que nos une, esto es, regenerar la democracia, conseguir una efectiva separación de poderes, revisar la Constitución en aspectos que es preciso corregir, etcétera.

Cuando pensábamos que Rosa Díez se había puesto a llorar por lo sucedido, lo que le ocurrió fue una bajada de tensión. Lo explicó con una media sonrisa porque sabe de qué van, porque lleva años enfrentándose al fanatismo de muchos. Ni las amenazas de muerte, ni el ostracismo que le desean nacionalistas y no nacionalistas la han llevado a perder el sentido del humor. Un gustazo que no les dará nunca.

Artículo de Opinión publicado en "La Nueva España" (26/02/2008) por
Jorge J. Gutiérrez Uría (miembro de la Coordinadora Territorial de UPyD en Asturias).